¿Inversionista o Revendedor? LA GRAN MENTIRA DEL MERCADO INMOBILIARIO.
El mercado de venta de lotes en el Perú atraviesa uno de sus momentos más confusos: proyectos que prometen rentabilidad extraordinaria, plusvalía garantizada y un futuro próspero para quienes "inviertan hoy". Pero hay una pregunta incómoda que pocos se atreven a hacer: ¿estamos ante verdaderos proyectos de inversión o simplemente ante revendedores disfrazados de desarrolladores?
La diferencia importa, y mucho.El negocio del "volteo" que se disfraza de inversión
Existe una práctica extendida en el mercado peruano: comprar lotes en etapa de preventa —cuando los precios son los más bajos— y revenderlos semanas o meses después con un sobreprecio, sin haber ejecutado ninguna obra ni agregado valor real al terreno. A esto se le llama coloquialmente "volteo" o flipping, y no es en sí mismo ilegal, pero el problema surge cuando quien lo hace se presenta ante el comprador final como un promotor inmobiliario serio, con proyectos propios, cronogramas y promesas de entrega que nunca podrá cumplir porque simplemente no tiene control sobre el proyecto.
El comprador, entonces, no está adquiriendo un activo con respaldo sólido. Está pagando la ganancia del revendedor más el precio original, sin haber mejorado en nada su posición.
La promesa de la plusvalía: el señuelo más usado
"Tu lote se va a duplicar en dos años." Esta frase, o alguna variante de ella, es probablemente la más escuchada en ferias inmobiliarias y grupos de WhatsApp de "oportunidades de inversión". El problema es que la plusvalía inmobiliaria real no es un fenómeno instantáneo ni garantizado. Depende de factores concretos: ejecución de infraestructura vial, habilitación de servicios básicos (agua, luz, desagüe), crecimiento de la demanda en la zona y consolidación urbana del entorno. Ninguno de esos factores ocurre de la noche a la mañana.
En la realidad peruana, lo que frecuentemente ocurre es lo contrario: el comprador espera la plusvalía prometida mientras el proyecto permanece paralizado, con obras inconclusas, sin servicios, y rodeado de lotes vacíos. La "oportunidad" se convierte en un activo ilíquido que no puede venderse fácilmente porque el mercado secundario en esas zonas simplemente no existe todavía.
Proyectos que se entregan —si es que se entregan— cinco años tarde.
Uno de los patrones más documentados en el sector es el retraso sistemático en la entrega de habilitaciones urbanas. La norma, no la excepción, es que proyectos vendidos con promesas de entrega en 18 o 24 meses terminen ejecutándose en cinco, seis o más años. Las razones son variadas: promotores que vendieron sin contar con todos los permisos, problemas en el saneamiento legal del terreno, falta de liquidez por una estructura financiera débil, o simplemente la ausencia de un plan de obras serio desde el inicio.
El comprador, mientras tanto, sigue pagando sus cuotas —o ya las terminó de pagar— y espera un lote que todavía no tiene ni agua, ni luz, ni pistas.
¿Cómo protegerse antes de firmar?
Antes de comprometer cualquier suma de dinero en un proyecto de lotes, estas verificaciones son indispensables:
— Solicitar la partida registral del terreno en Sunarp y verificar que el vendedor sea efectivamente el propietario o tenga poder notarial para vender.
— Confirmar el estado de la habilitación urbana en la Municipalidad correspondiente. Si aún está en trámite, exigir el expediente y el número de resolución.
— Pedir el cronograma de obras por escrito, con fechas de inicio y fin de cada etapa, y verificar si existen penalidades contractuales por incumplimiento.
— Revisar el historial del promotor: ¿tiene proyectos anteriores entregados? ¿Hay compradores que puedan dar referencias?
— Leer el contrato con un abogado especializado antes de firmar, con especial atención a las cláusulas de resolución y devolución.
El mercado no es malo. El desorden, sí.
El sector inmobiliario peruano tiene una demanda real y sostenida. La necesidad de suelo urbano habilitado existe y seguirá existiendo. Hay proyectos serios, con respaldo técnico y legal, que sí representan una oportunidad genuina de inversión a mediano plazo. El problema no es el mercado: es la ausencia de cultura de verificación por parte del comprador y la falta de regulación efectiva sobre quiénes pueden comercializar proyectos inmobiliarios y bajo qué condiciones.
La diferencia entre un inversionista y un revendedor no siempre es obvia en la presentación, en el brochure o en la feria. Pero sí es detectable en los documentos, en los contratos y en las preguntas que uno se anima —o no— a hacer antes de firmar.
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